- Es mejor optar por el
itinerario principal, llamado Senda de Carretas, que le llevará por el
valle del Lillas hasta el collado del Hornillo. De aproximadamente dos
horas y media de duración, ayuda a hacerse una idea precisa de la
riqueza del bosque. Está bien señalizada a través de pequeños paneles
que informan sobre las distintas especies que habitan este ecosistema.
Conviene llenar las cantimploras en la fuente del aparcamiento, ya que
no encontraremos otra en todo el recorrido.
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El primer frío se acuna en la sierra de Ayllón. Es sólo un aviso, como
quien golpea una aldaba contra la puerta y se va a dar un paseo, antes
de regresar para quedarse. Probablemente llovió anoche. Los pastizales
del comienzo de la ruta, junto al río Lillas, rezuman agua, y, más
arriba, ya en el bosque, entre hayas y pinos, la humedad se cuela bajo
el jersey. Más vale abrigarse, porque la caminata es larga: casi tres
horas a buen paso.
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El otoño es tiempo de fiesta en este parque natural. Siempre vienen las
visitas (en fin de semana hay que reservar) y siempre muestra el traje
de los domingos, los tonos ocres, la muda de la piel. En
realidad, el haya es una especie propia de las zonas húmedas,
superviviente de los bosques que cubrieron la Península tras las
glaciaciones. Verla ahora tan al sur es una rareza, un tesoro al que nos
acercamos con tiento y asombro.
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La senda de las carretas es el itinerario principal. La salida está en
el aparcamiento, y a partir de ahí seguimos la orilla izquierda del
Lillas, entre pastizales y pinos.
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En el punto en que un arroyo verte sus aguas sobre el Lillas, giramos a
la izquierda, hacia el corazón del bosque. El camino se hace entonces
empinado. Lo mejor es tomárselo con calma y disfrutar del entorno, del
brezal, los robles, los helechos y de la peculiar arquitectura de
las carboneras (la obtención del carbón a partir de la madera es
un uso recurrente y tradicional).
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En Tejera Negra llueve mucho, más que en los alrededores, pero
irregularmente. El relente de las primeras horas se nota en los huesos.
Afortunadamente, la ascensión termina y deja paso otra vez a la
izquierda a una senda ecológica que permite recobrar la respiración y
saborear el paisaje: ejemplares de saúco, tejo, mostajo, jara y, por
supuesto, de haya.
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El regreso, cuesta abajo, nos entrega el último regalo: una vista para
enmarcar de la sierra, del valle del río Zarzas, el otro
itinerario posible cinco horas con la mochila a cuestas de este corazón
verde en el árida Castilla.